La muerte es algo extraño, difícil de comprender incluso cuando la tenemos frente a nosotros. Cuando experimenté la partida de dos seres a quienes amaba con todo mi corazón, sentí una sensación que nunca había vivido: como si el ambiente hubiera cambiado de forma sutil pero definitiva. Era como si una parte del mundo se hubiera apagado, dejando un vacío silencioso en medio de la realidad.
Es curioso —y doloroso— pensar que alguien o alguna criatura que antes estaba tan llena de vida, que caminaba, que respiraba, que compartía momentos contigo, de un instante a otro ya no esté. Y lo que queda, ese cuerpo que antes tenía movimiento, calor y energía, se convierte en un cascarón vacío, silencioso, inerte. Es una imagen que cuesta aceptar, porque sabes que todo lo que esa vida representaba ya no está ahí.

La muerte nos golpea de formas diferentes a cada uno. Algunos lloran de inmediato, otros se quedan en silencio, otros sienten la realidad tambalear lentamente. Pero, al final, no importa cómo reaccionemos: la pérdida siempre pega duro. Te rompe, te sacude, te hace sentir que todo se desmorona a tu alrededor. Así lo viví yo, así lo sentí en lo más hondo, como si algo dentro de mí también hubiera cambiado para siempre.
Este poema va dirigido a esos dos compañeros que caminaron a mi lado, que estuvieron conmigo en mis días buenos y malos, que me dieron compañía, cariño y presencia sin pedir nada a cambio. A Luna 🐱 y a Spike 🐶, que ya no están físicamente, pero siguen aquí, habitando mis recuerdos, mis emociones y ese rincón especial donde se guardan los amores que nunca se olvidan.